MISIÓN AL AIRE

PRIMER ENCUENTRO - EL REINO DE DIOS ESTÁ CERCA

10 | 09 | 2018


OBJETIVO:

Cuando San Marcos nos narra en su Evangelio el comienzo de la predicación de Jesús, nos presenta esas palabras que sintetizan de alguna manera todo su mensaje: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1, 15).

Jesús habla del “Reino de Dios”, esta es la Buena noticia, el gran anuncio que tiene para hacernos.

Pero, ¿a qué se refiere Jesús cuando nos habla del Reino de Dios?

La expresión “Reino de Dios” no aparece por primera vez en boca de Jesús; de hecho, es una expresión que ya había sido usada en el Antiguo Testamento para referirse a la soberanía de Dios sobre todos los pueblos de la tierra; como lo cantan, por ejemplo, un grupo de salmos, llamados salmos de Yahvé rey (Salmos 47; 93; 96; 97; 98; 99), que nos presentan el dominio de Dios creador sobre toda su obra, y su gobierno por encima de los reyes de la tierra.

Además, Israel, que fue un pueblo que tuvo como organización política la monarquía, conocía muy bien lo que esta expresión “reino” significaba: el rey es quien guía toda la vida social, quien decreta las leyes, quien ejercer justicia, quien lidera al pueblo en sus conquistas; pero sobre todo, como pueblo de fe que era, Israel tuvo siempre una concepción: que por encima de los reyes que ellos tenían, estaba Dios como el verdadero rey, como el único cuyos mandatos son enteramente justos (Sal 19, 7-10), y de quien deben aprender justicia todos los habitantes de la tierra (Is 26,9); así lo afirma en repetidas ocasiones la Sagrada Escritura, como por ejemplo en el caso en que a Gedeón, uno de los jueces le proponen que sea rey, a lo que él responde: “no seré yo su rey, ni mi hijo los señoreará; el Señor reinará sobre nosotros” (Jc 8,22).

Al rey David, que es el modelo de todos los reyes de Israel, Dios mismo le prometió que sus descendientes permanecerían para siempre en el trono de Israel (Cfr. 2 Sam 7, 16); y esto ocurrió ininterrumpidamente hasta la caída de Jerusalén, destruida por Nabucodonosor rey de los Babilonios en el año 587 a.C.; sin embargo la promesa de Dios no terminó ahí, y el pueblo, a través de la predicación de los profetas comenzó a comprender que esa promesa que Dios le había hecho a David tendría su cumplimiento en la persona del Mesías que Dios enviaría a instaurar definitivamente el Reino de Dios entre los hombres.

A partir de entonces esa esperanza de la instauración definitiva del Reino de Dios fue tomando dos matices:

·         La restauración de un reinado político, donde el Mesías, como valiente guerrero, destruiría a los enemigos de Israel, y restauraría el gobierno en el nombre de Dios.

·         Un tinte escatológico, es decir, el Mesías vendría en el nombre de Dios y con poder a juzgar toda la historia, y a poner fin a toda maldad, inaugurando un reino definitivo.

Jesús, cuando anuncia el Reino de Dios, no se inscribe en ninguna de estas líneas; de hecho, Él mismo renuncia a ser un rey al estilo del mundo (Cfr. Jn 6, 15) y advierte las contradicciones de los reinos del mundo tiranos y opresores (Cfr. Lc 22,25); y frente a la escatología nos muestra que estamos aún en el tiempo de la paciencia de Dios que nos invita a dejar que la semilla de su Reino florezca en nosotros y anticipe así el Reino definitivo que gozaremos en el Cielo.

La predicación de Jesús se pone en la línea de presentar el Reino como la irrupción del amor de Dios en la historia de la humanidad; fijémonos en los detalles de ese anunci

·         “El tiempo se ha cumplido”: Dios que había ido preparando a su Pueblo, a través de una historia de salvación, ha hecho que los tiempos estén maduros, que llegue lo que San Pablo llama “la plenitud de los tiempos” (Cfr. Gal 4,4), y ha querido entrar para siempre en la historia de una manera nueva.

·         “El Reino de Dios está cerca”: hablar del Reino es hablar de Dios mismo, que se revela al hombre como un Dios de amor y que los invita a entrar en comunión de amor con Él, abriendo la vida y el corazón para que en ellos reine Dios, dando a su vida una orientación nueva y decisiva.

También en otros lugares Jesús nos da otras características de este Reino:

·         Es un reino que hay que pedir (Mt 6, 10) pero que se gana con violencia (Lc 16,16)

·         Debe convertirse en el centro de las prioridades del hombre, pues ante Él todo se vuelve secundario (Mt 6, 33; Lc 9, 60-62)

·         Es un Reino abierto a los hombres de todas las naciones (Mt 8,11)

·         Es un Reino al que se llega haciéndose como niño (Mt 18,3; 19,14)

·         Ya está en medio de nosotros (Lc 17,20)

·         Es un Reino que no es de este mundo (Jn 18,36)

Ahora bien; volviendo sobre el texto de Mc 1,14; vemos cómo allí Jesús pone dos condiciones para acoger el Reino:

·         “Conviértanse”: para acoger la acción de Dios es necesario que el hombre cambie su manera de pensar, y deje de regirse por sus propios criterios, por su propia voluntad, para dejar que sea Dios quien reine y en consecuencia comience a hacerse su voluntad. Ese es el camino de la conversión, que implica ante todo un cambio de mentalidad, que nos lleva a renunciar a nosotros mismos, a nuestros caprichos, a nuestro egoísmo y a dejar que sea Dios quien oriente nuestra vida, y en consecuencia transforme todas nuestras actitudes y comportamientos.

·         “Creer en el Evangelio”: no se trata simplemente de saber o conocer del Evangelio, se trata de creer en él, es decir, en hacer una adhesión de la vida al proyecto del Evangelio, haciéndonos discípulos de Jesús y comenzando a acoger en nosotros sus criterios.

Creer en el Evangelio no significa creer en un libro, significa creer en aquel que es el Evangelio, Jesús; y por lo tanto para entrar en el Reino hay que comenzar por tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús (Fil 2,5), que es el modelo de toda la existencia cristiana, porque fue el primero en que se realizó plenamente el Reino de Dios

Este último detalle es fundamental; Orígenes, un autor eclesiástico del siglo III, llamó a Jesús “autobasileia” (basileia es la expresión griega para hablar del Reino), es decir, afirmaba que Jesús es el Reino de Dios; y con ello nos estaba mostrando cómo es en la persona de Jesús donde se cumple perfectamente el misterio de lo que el mismo Jesús enseña.

En el diálogo con los discípulos en Samaría, Jesús les dice que “su alimento es hacer la voluntad del Padre”; y así Jesús nos muestra que su vida está completamente abierta a la voluntad de Dios y puesta en sus manos; y que por tanto en Él reina Dios.

Debemos descubrir entonces como toda la vida de Jesús es en sí misma una revelación del misterio del Reino que se cumple en Él; por eso cada una de sus palabras, de sus gestos, de sus obras, y sobre todo su Misterio Pascual están en función de revelarnos lo que Dios hace en la vida de aquellos que se abren a Él y que lo acogen como su Señor.

Por eso cuando afirma que el Reino está en medio de nosotros (Lc 17,20), Jesús nos está diciendo que eso que ya se ha cumplido primero en Él, se puede también realizar en nosotros, que estamos llamados a dejar que la acción misteriosa y escondida de Dios nos transforme y nos haga nuevos.


DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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